Recibir un diagnóstico de cáncer puede cambiar, de un momento a otro, la manera en la que una persona entiende su presente y su futuro. A partir de ese momento pueden aparecer pruebas médicas, decisiones sobre tratamientos, cambios físicos, esperas, revisiones y muchas preguntas para las que no siempre existe una respuesta inmediata.
En este contexto, es frecuente que aparezca ansiedad. Puede manifestarse como preocupación constante, miedo ante los resultados de una prueba, dificultad para dormir, pensamientos que anticipan escenarios negativos o una sensación de estar permanentemente en alerta.
Pero hay algo importante que conviene aclarar desde el principio: sentir ansiedad durante un proceso oncológico no significa necesariamente tener un trastorno de ansiedad.
La ansiedad puede formar parte de la respuesta humana ante una situación amenazante e incierta. El problema no está necesariamente en que aparezca, sino en lo que ocurre cuando empieza a ocupar demasiado espacio, dificulta el funcionamiento cotidiano o genera un sufrimiento que resulta difícil de manejar.
¿Es normal sentir ansiedad durante un proceso oncológico?
La experiencia de cada persona ante el cáncer es diferente. No todas las personas sienten el mismo nivel de ansiedad, ni la expresan de la misma manera, ni la experimentan en los mismos momentos.
Las guías de la European Society for Medical Oncology (ESMO) señalan que, en el contexto del cáncer, pueden aparecer desde preocupaciones, incertidumbre o miedo que no constituyen un trastorno psicológico hasta cuadros de ansiedad clínicamente significativos (Grassi et al., 2023).
Por eso, experimentar miedo antes de una prueba, sentir inquietud mientras se esperan unos resultados o pensar ocasionalmente en la posibilidad de que la enfermedad vuelva no significa, por sí mismo, que exista un problema psicológico.
El cáncer introduce una amenaza real. No se trata de una preocupación imaginaria ante algo que probablemente nunca sucederá, sino de una situación que puede afectar a la salud, al cuerpo, a los proyectos personales y a la propia percepción del futuro.
Ante una amenaza, nuestro organismo activa mecanismos destinados a prepararnos para responder. Podemos estar más atentos/as a las señales de peligro, pensar repetidamente en lo que podría ocurrir o experimentar cambios físicos como tensión muscular, aceleración del ritmo cardíaco o dificultades para conciliar el sueño.
Durante un proceso oncológico, esta activación puede mantenerse durante periodos prolongados porque la amenaza no desaparece necesariamente después de una única situación. Hay nuevas pruebas, citas, tratamientos y momentos de espera.
Además, la investigación sobre ansiedad relacionada con el cáncer señala que la incertidumbre y la sensación de falta de control pueden desempeñar un papel importante en su aparición y mantenimiento (Curran et al., 2017). Cuando no sabemos exactamente qué va a ocurrir, la mente puede intentar anticiparse continuamente para recuperar una sensación de control.
De ahí pueden surgir pensamientos como:
¿Qué pasará en la próxima revisión?
¿Y si el tratamiento no funciona?
¿Y si este síntoma significa algo malo?
¿Qué ocurrirá con mi vida después de todo esto?
La dificultad aparece cuando estos pensamientos dejan de ser puntuales y comienzan a ocupar gran parte del día.
¿Por qué aparece tanta ansiedad?
Una de las particularidades del cáncer es que puede reunir varios elementos que favorecen la ansiedad al mismo tiempo: amenaza, incertidumbre, pérdida de control y cambios importantes en la vida cotidiana.
El diagnóstico puede obligar a modificar planes, rutinas, responsabilidades familiares o laborales. Los tratamientos pueden producir cambios físicos y emocionales. También pueden aparecer preocupaciones relacionadas con la imagen corporal, la autonomía, la sexualidad, el trabajo o las relaciones.
A todo esto se suma algo especialmente difícil: muchas de estas cuestiones no pueden resolverse inmediatamente.
La mente suele intentar adelantarse a los acontecimientos para prepararse ante ellos. En determinadas circunstancias, esa anticipación puede resultar útil. Pensar en una próxima cita médica puede ayudarnos a preparar preguntas. Preocuparnos por un tratamiento puede llevarnos a buscar información o apoyo.
Sin embargo, cuando la necesidad de anticipar se vuelve constante, puede convertirse en un círculo difícil de romper.
La persona siente incertidumbre → intenta conseguir más seguridad → aparece una nueva duda → vuelve a buscar respuestas → encuentra temporalmente cierto alivio → aparece otra posibilidad preocupante.
La revisión de Curran et al. (2017) plantea precisamente que factores como la intolerancia a la incertidumbre, la vigilancia constante, la preocupación y la rumiación pueden interactuar y contribuir al mantenimiento de la ansiedad relacionada con el cáncer.
Esto también ayuda a comprender por qué algunas personas comienzan a prestar mucha atención a sus sensaciones corporales. Un pequeño dolor, cansancio o cambio físico puede convertirse en una señal que inmediatamente se interpreta desde el temor a que algo esté ocurriendo.
Y aquí aparece otra dificultad: algunos síntomas de ansiedad pueden parecerse a síntomas físicos asociados al propio cáncer o a sus tratamientos. Por eso, ante un síntoma físico nuevo o preocupante, es importante consultarlo con el equipo médico en lugar de asumir que se debe únicamente a la ansiedad.
La ansiedad tampoco siempre se manifiesta como miedo evidente. En algunas personas puede aparecer como irritabilidad, dificultad para concentrarse, necesidad constante de comprobar, problemas de sueño o sensación de agotamiento.
De hecho, vivir durante meses en una situación de alerta puede resultar muy desgastante. Esto puede ayudar a entender algo que a veces se interpreta erróneamente desde fuera: una persona puede no querer salir, hablar o hacer planes no porque haya dejado de valorar esas actividades, sino porque lleva mucho tiempo funcionando bajo una enorme carga física y emocional.
El cansancio asociado al cáncer y sus tratamientos también puede limitar la capacidad de afrontar las demandas cotidianas. Por eso, no todo cambio en la actividad social debe interpretarse como evitación causada por ansiedad. A veces existe simplemente una necesidad real de descanso y recuperación.
¿En qué momentos puede aparecer la ansiedad?
La ansiedad no comienza necesariamente el día del diagnóstico ni desaparece cuando termina el tratamiento.
Puede aparecer o intensificarse en diferentes momentos del proceso:
Diagnóstico.
La confirmación de una enfermedad puede generar miedo, incredulidad, preocupación por el futuro y una necesidad urgente de encontrar respuestas.
Tratamiento.
Durante la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia u otros tratamientos pueden aparecer preocupaciones relacionadas con los efectos secundarios, la respuesta al tratamiento o la evolución de la enfermedad.
Espera de resultados.
Los periodos de espera pueden ser especialmente difíciles porque existe información relevante que todavía no se conoce. La mente puede intentar llenar ese vacío imaginando diferentes escenarios.
Revisiones.
Incluso cuando los resultados anteriores han sido buenos, una nueva prueba puede volver a activar recuerdos y temores relacionados con la enfermedad.
Finalización del tratamiento.
Terminar el tratamiento puede generar alivio, pero también emociones inesperadas. Durante meses, la persona ha tenido una estructura de citas, controles y decisiones médicas. Cuando esta disminuye, puede aparecer la sensación de encontrarse de nuevo frente a una incertidumbre diferente.
Vuelta a la vida cotidiana.
Volver al trabajo, recuperar relaciones, retomar actividades o intentar vivir «como antes» puede ser más complejo de lo esperado. La experiencia del cáncer puede haber cambiado la manera de relacionarse con el propio cuerpo, con el futuro o con las prioridades personales.
Miedo a la recaída.
Para algunas personas, la finalización del tratamiento no significa el final del miedo. El temor a que el cáncer vuelva es una preocupación frecuente entre pacientes y supervivientes. En un amplio metaanálisis individual con más de 9.000 participantes, el 58,8 % alcanzó un nivel de miedo a la recurrencia considerado clínicamente relevante según uno de los puntos de corte utilizados, mientras que el 19,2 % presentó niveles elevados (Lebel et al., 2020).
Esto no significa que todas esas personas tengan un trastorno de ansiedad. Significa que el miedo a la recurrencia es una experiencia muy extendida y que, para algunas personas, puede llegar a interferir considerablemente en su vida.
Cuando la ansiedad empieza a ocupar demasiado espacio
Entonces, ¿cuándo conviene pedir ayuda?
No existe un momento universal ni es necesario esperar a que la situación se vuelva insoportable.
Puede ser recomendable consultar con un profesional cuando la ansiedad comienza a interferir de forma significativa en la vida cotidiana: cuando dificulta dormir, concentrarse o relacionarse; cuando mantiene a la persona en una preocupación constante; cuando provoca una evitación importante de actividades; o cuando hace especialmente difícil acudir a determinadas pruebas o citas médicas.
También puede ser una señal de que merece la pena buscar apoyo cuando la persona siente que su vida empieza a organizarse alrededor del miedo.
Por ejemplo, cuando deja de hacer actividades significativas por temor a encontrarse mal, interpreta continuamente cualquier sensación corporal como una señal de peligro, necesita comprobar constantemente que todo está bien o siente que no puede disfrutar de los momentos buenos porque está anticipando lo que podría ocurrir después.
La pregunta no tiene por qué ser «¿tengo demasiada ansiedad?», sino quizá:
«¿Cuánto espacio está ocupando esta ansiedad en mi vida?»
Las recomendaciones clínicas actuales apoyan la evaluación periódica de síntomas de ansiedad y depresión a lo largo del proceso oncológico, precisamente porque las necesidades psicológicas pueden cambiar con el tiempo (Andersen et al., 2023; Pirl et al., 2014).
Pedir ayuda tampoco significa que la persona no esté afrontando bien el cáncer. Al contrario: reconocer que una situación está siendo difícil puede ser una forma de cuidado.
¿Qué puede trabajarse en psicooncología?
La psicooncología no pretende conseguir que una persona deje de tener miedo al cáncer ni enseñarle a pensar en positivo.
El objetivo es más realista: ayudar a que las emociones y pensamientos relacionados con la enfermedad puedan ocupar un lugar que permita seguir viviendo, incluso cuando existe incertidumbre.
En consulta pueden abordarse diferentes aspectos en función de las necesidades de cada persona.
Uno de ellos es la regulación de la ansiedad, aprendiendo a reconocer cómo se activa y qué factores contribuyen a mantenerla.
También pueden trabajarse los pensamientos catastróficos. No se trata de sustituir un pensamiento negativo por uno positivo, sino de aprender a observar determinadas interpretaciones, valorar la información disponible y evitar que la mente convierta automáticamente una posibilidad en una certeza.
Otro aspecto importante es la tolerancia a la incertidumbre. En una enfermedad como el cáncer no siempre es posible obtener seguridad absoluta. Parte del trabajo psicológico consiste en aprender a convivir con aquello que no puede controlarse sin que la necesidad de certeza termine organizando toda la vida.
También puede ser necesario recuperar progresivamente actividades significativas. Después de un proceso oncológico, volver a vivir no siempre consiste simplemente en recuperar exactamente la vida anterior. A veces implica descubrir qué actividades, relaciones y proyectos tienen sentido ahora y encontrar una manera de reincorporarlos respetando el momento físico y emocional de cada persona.
Cuando existe miedo a la recurrencia, las intervenciones psicológicas pueden ser especialmente útiles. La evidencia disponible indica que diferentes intervenciones psicológicas, entre ellas las basadas en principios cognitivo-conductuales, pueden reducir este miedo (Wei et al., 2024). Una revisión y metaanálisis reciente también encontró beneficios de las intervenciones psicológicas sobre el miedo a la recurrencia, aunque la magnitud del efecto y la calidad de la evidencia varían entre estudios (Chen et al., 2024).
Las guías clínicas de ASCO recomiendan, en casos de ansiedad significativa, intervenciones psicológicas como la terapia cognitivo-conductual, la activación conductual, las intervenciones basadas en mindfulness o la terapia interpersonal, en función de las características y necesidades de cada persona (Andersen et al., 2023).
En definitiva, no se trata de aprender a no tener miedo, sino de conseguir que el miedo no tenga que decidir por nosotros/as.
Pedir ayuda también es una forma de cuidado
Hay emociones que aparecen porque estamos atravesando algo difícil. El miedo, la incertidumbre, la tristeza o la ansiedad pueden formar parte de una experiencia oncológica sin que eso signifique que estamos afrontándola mal.
Pero normalizar estas emociones no debería significar tener que soportarlas en silencio.
El cáncer puede afectar al cuerpo, pero también puede transformar temporalmente la manera en la que una persona se relaciona consigo misma, con los demás y con su futuro. Atender esa dimensión emocional también forma parte del cuidado.
Quizá no se trate de conseguir que la ansiedad desaparezca por completo. Quizá se trate de poder volver a dormir un poco mejor, recuperar una actividad que se había dejado de lado, acudir a una revisión sin que el miedo ocupe todo el día o volver a hacer planes sin sentir que estamos ignorando lo que ha ocurrido.
Pedir ayuda no significa que no puedas con ello. Significa que no tienes por qué poder con todo tú solo/a.
La psicooncología puede ofrecer un espacio para comprender lo que está ocurriendo, poner palabras a lo que cuesta expresar y encontrar formas de afrontar esta etapa sin exigir que la persona deje de sentir para poder seguir adelante.
Referencias
Andersen, B. L., Lacchetti, C., Ashing, K., Berek, J. S., Berman, B. S., Bolte, S., Dizon, D. S., Given, B., Nekhlyudov, L., Pirl, W., & Stanton, A. L. (2023). Management of anxiety and depression in adult survivors of cancer: ASCO guideline update. Journal of Clinical Oncology, 41(18), 3426–3453. https://doi.org/10.1200/JCO.23.00293
Chen, J., Sun, Y., Shao, Y., et al. (2024). Effects of psychological interventions on fear of cancer recurrence: A systematic review and network meta-analysis. Precision Medical Sciences, 13(2), 84–98. https://doi.org/10.1002/prm2.12131
Curran, L., Sharpe, L., & Butow, P. (2017). Anxiety in the context of cancer: A systematic review and development of an integrated model. Clinical Psychology Review, 56, 40–54. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2017.06.003
Grassi, L., Caruso, R., Riba, M. B., Lloyd-Williams, M., Kissane, D., Rodin, G., McFarland, D., Campos-Ródenas, R., Zachariae, R., Santini, D., & Ripamonti, C. I. (2023). Anxiety and depression in adult cancer patients: ESMO Clinical Practice Guideline. ESMO Open, 8(2), 101155. https://doi.org/10.1016/j.esmoop.2023.101155
Lebel, S., Ozakinci, G., Mutsaers, J., Hovey, E., Dunn, J., Stewart, D. E., Watson, M., & Fallowfield, L. (2020). From normal response to clinical problem: Definition and clinical features of fear of cancer recurrence. Supportive Care in Cancer, 28, 3139–3148.
Pirl, W. F., Braun, I. M., Deshields, T., et al. (2014). Screening, assessment, and care of anxiety and depressive symptoms in adults with cancer: An American Society of Clinical Oncology guideline adaptation. Journal of Clinical Oncology, 32(15), 1605–1619. https://doi.org/10.1200/JCO.2013.52.4611
Wei, F., He, R., Yang, X., Hu, Z., & Wang, Y. (2024). Cognitive-behavioural therapy effectiveness for fear of cancer recurrence: Systematic review and meta-analysis. BMJ Supportive & Palliative Care. https://doi.org/10.1136/spcare-2023-004639
