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El impacto psicológico de las catástrofes: por qué también nos afectan desde la distancia

Las imágenes de edificios derrumbados, personas buscando a sus familiares o equipos de emergencia trabajando contrarreloj tras un terremoto suelen despertar una intensa respuesta emocional, incluso en quienes viven a miles de kilómetros del lugar afectado. Es habitual sentir tristeza, preocupación, ansiedad o incluso experimentar una sensación de vulnerabilidad después de seguir este tipo de acontecimientos a través de los medios de comunicación o las redes sociales. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Es una reacción normal? ¿Puede afectar a nuestra salud mental?

Las catástrofes naturales forman parte de una realidad que, debido a la inmediatez de la información, llega prácticamente en tiempo real a cualquier rincón del mundo. Hoy podemos presenciar las consecuencias de un terremoto, una inundación o un incendio forestal apenas unos minutos después de producirse. Esta capacidad de conexión tiene un enorme valor informativo y favorece la solidaridad, pero también implica una exposición constante a imágenes y relatos altamente impactantes.

Desde la psicología de emergencias sabemos que no es necesario encontrarse físicamente en el lugar del desastre para experimentar un impacto emocional. Aunque la intensidad de la respuesta será muy diferente a la de quienes han vivido la emergencia en primera persona, la exposición indirecta también puede generar malestar psicológico. Comprender por qué ocurre nos ayuda a normalizar estas reacciones y, sobre todo, aprender a cuidar nuestra salud mental sin dejar de mantenernos informadas/os.

 

Nuestro cerebro está diseñado para detectar amenazas

El cerebro humano ha evolucionado para identificar rápidamente cualquier señal de peligro. Este mecanismo ha sido esencial para la supervivencia de nuestra especie y continúa funcionando en la actualidad, aunque las amenazas ya no sean únicamente físicas.

Cuando observamos imágenes de una catástrofe, nuestro sistema nervioso no permanece completamente indiferente. Regiones cerebrales implicadas en el procesamiento emocional, como la amígdala, participan en la evaluación de aquello que percibimos como potencialmente amenazante. Al mismo tiempo, se activa la respuesta fisiológica al estrés, preparando al organismo para responder ante un posible peligro (American Psychiatric Association [APA], 2022).

Aunque racionalmente sabemos que nos encontramos a salvo, nuestro cerebro procesa parte de la información emocional como si estuviera frente a una situación de amenaza. Por ello es frecuente experimentar sensaciones como un aumento de la tensión, inquietud, preocupación o incluso dificultades para concentrarse tras una exposición continuada a noticias especialmente impactantes.

Esta respuesta, lejos de indicar un problema psicológico, suele formar parte del funcionamiento normal del organismo.

 

La empatía también explica nuestro malestar

Otro elemento fundamental es nuestra capacidad para empatizar con otras personas.

Los seres humanos tendemos a imaginar cómo se sentirían quienes están viviendo una determinada situación. Cuando vemos a familias que han perdido su hogar, personas heridas o comunidades enteras intentando recuperarse después de un terremoto, es natural que experimentemos tristeza, compasión o impotencia.

La empatía constituye un recurso esencial para la convivencia y favorece las conductas de ayuda. Gracias a ella colaboramos en campañas solidarias, ofrecemos apoyo a quienes lo necesitan o nos preocupamos por familiares y amigas/os que puedan encontrarse en la zona afectada.

Sin embargo, cuando la exposición a estas historias es muy intensa o prolongada, esa implicación emocional puede convertirse en una fuente de desgaste psicológico.

Es importante diferenciar este fenómeno del trauma psicológico. La evidencia científica indica que, para la mayoría de las personas, seguir una catástrofe a través de los medios de comunicación no supone por sí mismo una exposición traumática suficiente para desarrollar un trastorno por estrés postraumático (APA, 2022). No obstante, sí puede generar un aumento significativo del estrés, la ansiedad o la preocupación, especialmente en personas vulnerables.

 

Cuando las noticias mantienen la emergencia presente

Hace apenas unas décadas conocíamos una catástrofe a través de un informativo o del periódico del día siguiente. Actualmente, la cobertura es continua: emisiones en directo, vídeos compartidos en redes sociales, fotografías, testimonios y actualizaciones permanentes.

Nuestro cerebro no siempre diferencia con facilidad entre un acontecimiento que acaba de ocurrir y otro cuyas imágenes se repiten durante horas o días. Cada nueva exposición puede reactivar parcialmente la respuesta emocional inicial.

Diversas investigaciones han encontrado una asociación entre una mayor exposición a la cobertura mediática de desastres y niveles más elevados de estrés psicológico, ansiedad e incluso síntomas compatibles con estrés postraumático en algunas personas (Pfefferbaum et al., 2014).

Un ejemplo especialmente conocido fue el seguimiento de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Estudios posteriores observaron que las personas que permanecieron expuestas durante muchas horas a la cobertura televisiva mostraban mayores niveles de malestar psicológico que aquellas que limitaron su consumo informativo (Neria & Sullivan, 2011).

Resultados similares se han descrito tras huracanes, terremotos y otros desastres naturales, especialmente cuando la exposición mediática es intensa y repetitiva (Lau et al., 2018).

Esto no significa que informarse sea perjudicial. La información fiable cumple una función muy importante. El problema aparece cuando la búsqueda constante de novedades nos mantiene en un estado de alerta prolongado.

 

No todas las personas reaccionamos igual

La intensidad con la que una catástrofe nos afecta depende de numerosos factores.

Por ejemplo, es esperable que una persona que tenga familiares en la zona afectada experimente una preocupación mucho mayor que alguien sin ningún vínculo con ese lugar.

También pueden influir:

  • Haber vivido previamente una experiencia traumática.
  • Haber sufrido un desastre natural en el pasado.
  • Trabajar en profesiones de emergencia o sanitarias.
  • Presentar antecedentes de ansiedad o depresión.
  • Consumir una gran cantidad de información relacionada con la catástrofe.

Esto explica por qué dos personas que observan exactamente las mismas imágenes pueden experimentar respuestas emocionales muy diferentes.

No existe una única manera «correcta» de reaccionar.

 

¿Qué reacciones son normales?

Después de seguir una catástrofe natural es frecuente experimentar algunas de estas respuestas:

  • tristeza;
  • preocupación por la seguridad propia o de otras personas;
  • sensación de vulnerabilidad;
  • irritabilidad;
  • dificultades para desconectar de las noticias;
  • problemas puntuales para dormir;
  • pensamientos repetitivos sobre lo ocurrido;
  • necesidad de hablar del tema.

Estas respuestas suelen disminuir de forma progresiva conforme pasan los días y disminuye la intensidad de la cobertura mediática.

Es importante evitar patologizar estas reacciones. Sentirse emocionalmente afectada/o por el sufrimiento ajeno no significa padecer un trastorno mental; en muchas ocasiones refleja precisamente nuestra capacidad de empatía y adaptación.

 

¿Cuándo conviene prestar más atención?

Aunque la mayoría de las personas recuperan su equilibrio emocional sin necesidad de intervención psicológica, existen situaciones en las que resulta recomendable consultar con un profesional.

Algunas señales de alerta son:

  • ansiedad intensa que persiste durante varias semanas;
  • imposibilidad para dejar de consumir información sobre la catástrofe;
  • dificultades importantes para dormir;
  • interferencia en el trabajo, los estudios o la vida familiar;
  • aparición de ataques de pánico;
  • reactivación de recuerdos traumáticos relacionados con experiencias previas.

En estos casos, una valoración psicológica puede ayudar a comprender qué está ocurriendo y ofrecer estrategias adaptadas a cada persona.

 

Informarse sin quedar atrapados en la emergencia

Vivimos en una sociedad profundamente conectada. Esta conexión nos permite conocer rápidamente el sufrimiento de otras personas y movilizarnos para ayudar. Sin embargo, también hace que nuestro cerebro permanezca expuesto durante más tiempo a acontecimientos altamente estresantes.

Sentir tristeza, preocupación o angustia después de conocer una catástrofe natural es una respuesta humana y, en la mayoría de los casos, completamente esperable. La clave no está en dejar de sentir, sino en encontrar un equilibrio entre mantenernos informados y proteger nuestro bienestar psicológico.

La empatía es una fortaleza, pero también necesita ir acompañada de autocuidado. Informarnos desde fuentes fiables, limitar la sobreexposición a contenidos impactantes y prestar atención a nuestras propias emociones nos permite seguir conectados con la realidad sin quedar atrapados en ella.

Al fin y al cabo, cuidar nuestra salud mental también forma parte de la manera en que respondemos, como sociedad, ante una emergencia.

 

Referencias

American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.; DSM-5-TR). American Psychiatric Association Publishing.

Lau, J. T. F., Kim, J. H., Tsui, H. Y., & Griffiths, S. (2018). Associations between media exposure and mental health among populations affected by disasters: A systematic review. International Journal of Environmental Research and Public Health, 15(12), 2768. https://doi.org/10.3390/ijerph15122768

Neria, Y., & Sullivan, G. M. (2011). Understanding the mental health effects of indirect exposure to mass trauma through the media. JAMA, 306(12), 1374–1375. https://doi.org/10.1001/jama.2011.1358

Pfefferbaum, B., Newman, E., Nelson, S. D., Nitiéma, P., Pfefferbaum, R. L., & Rahman, A. (2014). Disaster media coverage and psychological outcomes: Descriptive findings in the extant research. Current Psychiatry Reports, 16(9), 464. https://doi.org/10.1007/s11920-014-0464-x

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